Edward Said en Cultura, identidad e historia nos recuerda que todos nosotros pertenecemos, en mayor o menor medida y sin excepción, a algún tipo de comunidad y estamos relacionados, de alguna manera, con un contexto social; y que, en consecuencia, nuestra personalidad está conformada por determinadas costumbres y formas de entender la vida. Sin embargo, añade que aunque la pertenencia a una comunidad, nación o Estado sea un valor inestimable al que debemos contribuir, la lealtad hacia el grupo o la colectividad no puede llegar tan lejos como para anular nuestro sentido crítico.
Por mucho que algunos patriotas exacerbados se empeñen en demostrar lo contrario, las identidades, las culturas que las sustentan y los hábitos que las conforman son híbridas, ninguna es pura, ni posee un tejido constitutivo homogéneo.
Todos los seres humanos, sin excepción alguna, somos únicos e irremplazables, pero poseemos también una manera de ser compuesta. Una persona está constituida por infinidad de elementos. Por tanto, también somos seres complejos. Aunque en todo momento hay una determinada jerarquía de valores personales y colectivos, éstos no son inmutables y cambian con el tiempo. La identidad no nos viene dada de una vez por todas; se va construyendo y transformando a lo largo de toda nuestra existencia. En consecuencia, lo que determina que una persona pertenezca a un grupo es esencialmente la influencia de los demás.
El antropólogo catalán, Manuel Delgado en su texto “¿Quién puede ser inmigrante en la ciudad?”, publicado en Exclusión social y diversidad cultural, nos recuerda que la ciudad es un ecosistema, una organización viva, escenario de una red inmensa de vínculos que se producen entre elementos funcionalmente diversificados. De este modo, vivimos inmersos en un proceso de diferenciación y especialización en el que cada nueva etapa de nuestro crecimiento viene marcada por la aparición de nuevos fenómenos culturales e identitarios que deben convertirse en un nuevo ingrediente asociativo.
Parafraseando a los teóricos de los sistemas complejos, Ilya Prigogine e Isabelle Stengers, podemos concluir que si examinamos una célula o una ciudad, la misma constatación se impone: no es únicamente que estos sistemas estén abiertos, sino que viven de este hecho, se alimentan del flujo de materia y energía que les llega del mundo exterior.
Así pues, nuestras ciudades se asemejan a un conjunto vivo, basado en el intercambio y la cooperación entre unidades demográfica y funcionalmente indispensables para la viabilidad, la renovación y la continuidad de toda sociedad. Nadie debiera considerarse intruso, ni ninguna actividad, ni costumbre prescindible, básicamente porque no existe nadie ni nada que no lo sea. Esta condición heteróclita e inestable de los materiales humanos y sus costumbres no puede mostrarse como un problema sino como una oportunidad para asegurar la supervivencia misma de la sociedad y reclamar lo que corresponde a todos los viejos y nuevos habitantes de nuestras ciudades, aquello que Henri Lefevre llamó ya hace años el derecho a la ciudad.
Publicao en El Diario Vasco, 22-02-08
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